sábado, enero 28, 2012

alarma


mi mujer es como una alarma
sonando en mi oído
como una alarma, digo
es aquella mujer que pasa
caderas anchas y
pecho grande
como abrigo
pero a mi lado
suena mi mujer
como una alarma en mi oído
¡qué mirás, idiota!

idiota sí
mirando aquella mujer de
caderas anchas y
pecho grande
como abrigo
que mis ojos se lleva
pero a mi lado
suena mi mujer
como una alarma en mi oído
¡dejá de mirar, imbécil!

sí imbécil
imbécil yo
que te escucho sonar
en mi oído
mientras aquella mujer
pasa frente a mí
hermosa
de caderas anchas
pecho grande como abrigo
que me mira y sonríe
mientras a mi lado
suena mi mujer
como una alarma en mi oído
¡sos un tarado!

sí tarado
estoy tarado
de estar a tu lado
mientras aquella mujer
se detiene
hermosa
de caderas anchas
pecho grande como abrigo
que me mira
sonríe y me dice
¡mirá que sos lindo, papito!
y yo pienso llévame
llévame contigo
mientras a mi lado
suena mi mujer
como una alarma en mi oído
¡estúpido, es un travesti
te digo!

estúpido resignado
por estar contigo
mientras suenas
como una alarma en mi oído
y aquél hombre se aleja
con sus caderas anchas
pecho grande como abrigo
quedando yo
agradecido
porque sigas
sonando en mi oído

miércoles, enero 25, 2012

Adolescer III

Todavía con la sangre húmeda en los pantalones me presenté ante la Hermana Directora del colegio. Mientras esperaba frente a la puerta de su despacho pensé en mi padre, su frustración, y, su seguro castigo. Ensimismado como estaba, no sentí la presencia hasta que una mano se posó en mi hombro. Alcé la vista y vi a la hermana Katja.
Muy joven, alta, pelo rubio muy corto y ojos celestes, envuelta en su hábito gris, me miraba intrigada, diría que sin reprobación. Me invitó a pasar, y después de cerrar la puerta, se sentó en su escritorio, ubicado en una tarima alta. Con un gesto me indicó el sillón, dispuesto, a un nivel más bajo, frente a ella.
El lugar era muy sencillo. Una cruz de bronce detrás de una mesa alta de cuatro patas, y un sillón, el que yo ocupaba. Sobre el escritorio, hojas membretadas del colegio y una máquina de escribir, a un lado, del otro una Biblia grande, forrada en cuero marrón, con letras góticas, doradas.
Pude notar, bajo la mesa, como recogía el hábito, dejando ver, para mi sorpresa, unas piernas bien formadas y depiladas…
-¿Qué pasó?- su voz profunda distrajo mi atención. La miré y otra vez me sorprendí ante la simpatía y bondad que transmitían sus ojos. Así, con esa extraña sensación, narré todo lo sucedido, desde el principio. Cómo fijé mi atención en una de las chicas menos llamativas, pero que era de las mejor formadas. Conté de mis manos apoyadas en sus caderas, en el columpio, también cuando, cansado de empujarla, me paré frente a ella, que abrió las piernas para que viera su desnuda intimidad. Como avancé hasta quedar apretado entre sus piernas, y nos besamos, hambrientos, hasta que sintió mi respuesta en su vientre…
A esta altura del relato, realizado casi sin respirar, me detuve y bajé la vista. Las piernas de Katja se frotaban entre sí, a la altura de sus muslos, y se abrían, dejando ver su vello pubiano, que adiviné delicado y húmedo.
-¿En ese momento fue que te mordió?- dijo por encima de la mesa.
–Sí- contesté- hasta que me lastimó no se detuvo-. -¡Qué mala chica!- deslizó suavemente. Yo no podía quitar los ojos de su entrepierna. Fue entonces que comenzó un largo discurso sobre la moral y la sexualidad latente en los adolescentes, que ella entendía, pues, era natural.
No pude escuchar más. La cadencia de su voz, sus muslos, separándose, la entrepierna, al fin, concentraron mis sentidos. Me deslicé del sillón y avancé sigiloso en cuatro patas, hacia sus piernas. Sentía el calor que emanaba de su cuerpo, su olor…
Sus piernas se abrían como invitándome. Avancé hasta quedar frente a su vello, que se estremecía a los vaivenes de mi respiración. Uní mis labios a ella, sediento, y no me detuve hasta que la sentí gemir y clamar por su dios. Sus manos me tomaron por la nuca y me empujaron hacia la profunda humedad, mientras sus muslos se frotaban y abrían contra mi cara.
Gritó largamente. Se separó, dio la vuelta a la mesa, me bajó los pantalones y comenzó a besar y lamer aquello que más anhelaba. Llené su boca de mi piel y comenzó a mover su cabeza cada vez más rápido hasta que sintió mi final. Selló sus labios alrededor mientras yo sentía que me moría. Se lo dije. Se lo grité. Alzó la cabeza, pasó la lengua por sus labios, me miró con ojos brillantes…
-Aquí comienza tu vida-.

Adolescer II

Mis padres no tuvieron más remedio que cambiarme de liceo. Estaban enojados. Tenían razón. Romper una botella de vidrio en la cara de alguien, a la vista de todo el mundo, había sido un error. No me quejé, ni pedí clemencia. Eran mis mayores y yo los respetaba.
Terminé el año con profesores particulares y salvé todos los exámenes. Mi padre, la noche del último, mientras cenábamos, sin mirarme, me comunicó que había decidido anotarme en un liceo religioso. -Tal vez- agregó- la espiritualidad corrija tu actitud-. –Si señor- contesté, mirando el plato, como él me había enseñado.
Pasaron las vacaciones y comenzaron las clases. Mi liceo era de monjas, mixto desde el año anterior, pero con pocos varones por grupo. Allí pasaría más horas al día, pues, a la enseñanza curricular se sumaban las actividades religiosas, obligatorias. Tenía, eso sí, un gran patio central con una zona de juegos (toboganes, columpios, etc.) y canchas de fútbol, básquet y volley.
El primer día me dediqué a estudiar a mis compañeros. Los tres varones no me interesaban. Las casi veinte chicas eran muy lindas, de cuerpos bien alimentados y acostumbrados al ejercicio. Elegí la menos llamativa, pero, a su vez, era la más desarrollada. Fuertes pantorrillas y muslos, caderas anchas, vientre liso y senos generosos. Si bien tenía granos en la cara, sus labios eran pulposos y enmarcaban una boca cálida, con una lengua inquieta que los recorría una y otra vez, en un reflejo exquisito.
Pocos días después, me ofrecí para columpiarla y accedió. Al principio mis manos se apoyaban en la madera, pero, a medida que aumentaba el vaivén, toqué sus caderas. Ella reía cada vez más fuerte. Cuando superó la altura de mis brazos, dejé de empujarla y me paré al frente. En el descenso, su falda se levantaba y dejaba ver la totalidad de sus piernas, que abría, al tiempo que descendía. No usaba ropa interior y creí ver una sonrisa pícara cuando comprobó donde se posaban mis ojos. Me adelanté unos pasos, y ella, sorprendida, rodeó mis caderas con sus piernas. La tomé de la cintura y la besé en la boca. Respondió con ganas, con hambre, hasta que sintió mi respuesta en su entrepierna. Sin mediar palabra me mordió la lengua. La solté y me separé con un sabor metálico en la boca. Río con fuerza, señalando mi bragueta, manchada de nuestra humedad. Me fui sin decir palabra y sin mirarla.
Pasaron varios días, hasta que se apagaron las burlas y los comentarios, y todo volvió a la normalidad.
Una mañana, recién levantado, noté una incipiente barba en mi cara. Tomé del botiquín del baño de mi padre la máquina de afeitar, sus hojillas de doble filo, la brocha y el pote de crema. Descendí a desayunar recién afeitado con algunos cortes aún sangrantes. Papá sonrió con orgullo, ante los reclamos protectores de mi madre. Terminada la colación subí a lavarme la cara. Abrí la canilla del agua caliente. En eso, sentí la voz de mi padre: -así no, con agua fría- prosiguió. –Y después esto- dijo, mientras me alcanzaba un frasco con un líquido verde. Lo destapó, mojó sus manos y las pasó por mi cara y cuello. Ardía, pero me gustó. Él sonrió. –Te estás haciendo hombre-.
Esa noche, cuando me iba a acostar, un paquete me esperaba en la almohada. Lo abrí. Máquina de afeitar, brocha, crema y dos cajitas de hojillas. “Para el nuevo hombre” decía una nota en su interior. No dormí en toda la noche…
Al día siguiente me fui temprano, sin desayunar. Fui el primero en llegar al colegio. Cuando la vi, busqué sus ojos. Primero me miró extrañada, pero mi sonrisa despejó sus dudas. Sonrió también, segura de sí misma.
Intercambiamos miradas toda la mañana, guiños, y, finalmente, besos a la distancia, poco antes del recreo largo, el del mediodía. Fui el primero en salir al patio. Raudo, me dirigí al tobogán. Salió con otras chicas rato después. Cuando me vio, me señaló y caminó hacia mí, arengando a las demás para que la siguieran.
Yo, parado frente al tobogán, sonreía amable. Trepó la escalera con agilidad. Se sentó de tal manera que yo viera que no llevaba ropa interior. Sonreí cómplice, y respondió con un mohín delicioso. Antes de dejarse caer, pasó su lengua lentamente por los labios, al tiempo que abría aún más sus piernas, regalándome una vista excelente. Bajé la mirada, como avergonzado, lo que provocó su risa triunfal y los gritos de sus amigas. Me arrodillé al final de la bajada, ella separó bien las piernas. Repetí su movimiento con mis brazos, lo que hizo que sonriera ampliamente, segura de sí misma. Entonces, apoyé la pelvis en el borde de las maderas. Sus amigas aullaron, provocativas. Soltó el pasamano y se dejó caer con un último envión.
Mi sonrisa fue en aumento hasta hacerse completa ante sus alaridos, esta vez espantosos, desgarradores. Sus manos luchaban por sostenerla, tratando de evitar la caída flagelante. Todas la miraban sin comprender.
Cuando sentí la cálida y pegajosa humedad llegando en oleadas a mi pelvis, sonreí, más comprensivo que nunca…

Adolescer

Nunca traté mal a mi semejante. Nunca. De niño, en la escuela, cazaba moscas, les arrancaba las alas y las guardaba en un frasco destapado. Me quedaba horas mirando como se arrastraban y saltaban tratando de salir.
Mis compañeros no entendían. Se burlaban. Yo, sonreía, compasivo.
Los días de lluvia, atrapaba sapos. Había oído decir que no podían fumar, porque explotaban. Probé tal hecho, era verdad. Prendía un cigarrillo y se lo ponía en la boca al batracio, que chupaba y chupaba. Se hinchaba como un globo y reventaba.
Mis amigos al principio se reían. Después, con el paso del tiempo y los sapos, sintieron asco. Me miraban alarmados, tratándome de loco. Yo, sonreía, comprensivo.
Nunca entendí a mis compañeras de liceo. Un día querían que las besara, al siguiente, me rechazaban. Pronto me aburrí de ese juego histérico… quiero-no quiero, quiero-no quiero. Una noche, en un baile lluvia, esos que las chicas llevaban comida y los varones bebida, fui con una gran expectativa. Esa tarde, en el liceo, una compañera muy linda me había ofrecido sus labios. En todos los recreos nos encerrábamos en el laboratorio de ciencias a besarnos, húmeda, largamente. El timbre me sobresaltaba, alterado al máximo volvía a clase, hasta el siguiente descanso, que seguíamos explorando. Ese mediodía nos separamos con la promesa de seguir esa noche en la fiesta.
Pasé toda la tarde en vilo. Sentía sus pulposos labios en mi boca, su lengua tibia. Su cuerpo pegado al mío.
Era lejos. El viaje en ómnibus me pareció eterno.
Cuando llegué, saludé con un movimiento de cabeza a los conocidos mientras la buscaba con la mirada. Sin soltar la botella de vidrio, deambulé en la penumbra, hasta verla, abrazada, besando a otro.
Caminé lentamente hasta quedar parado junto a la pareja. Le toqué el hombro. Se dio vuelta. Me miró y empezó a reírse. Todos rieron. Yo, serio, sin hablar, los miré.
Empuñé la botella por el cuello y la estrellé contra su cara, su risa, y sus deseados labios. Me di vuelta, ante los gritos de dolor y horror de todos.
Antes de salir, me detuve y los miré. Sonreí comprensivo. No entendían nada.

domingo, diciembre 04, 2011

Rata III


siento tu presencia
tienes hambre
tienes sed
llegas a mi regazo
tu pelo duro
sucio
eriza mi piel

siento tu presencia
la puntada desgarradora
de tus acometidas
avanzas en mi
avanzas por mi
duele y me gusta
eriza mi piel

siento tu presencia
cada vez más adentro
mi cuerpo
traga tu cuerpo
tu cuerpo
desaparece
eriza mi piel

siento tu presencia
sé que te nutres
que gozas
mis párpados pesan
se cierran
duele
eriza mi piel

ya casi no te siento
ya casi no duele
pero si
como siempre
eriza mi piel

jueves, noviembre 17, 2011

Rata II


viento caliente
pútrido
besa
ahoga
precede
penetra
luz negra
fría
agridulce
húmeda
de rata
que besa
ahoga
precede
penetra
pútrida vida
agria muerte

martes, noviembre 15, 2011

Rata I


sangre espesa
fluida
de niño
sin piel
sin ojos
sin luz
humedad pegajosa
que atrae
que llama
a la rata
ávida
sedienta
curiosa
que oscurece
apaga
el llanto
del niño
sin piel
sin ojos
sin luz


ahora
sin voz

domingo, noviembre 13, 2011

Rata


cuerda tensa
sobre pozo seco
arena y mugre
celda y ahogo

una rata
hunde su hocico
en mi carne muerta

martes, noviembre 01, 2011

no maduró


germinó en la rutina asfixiante
de familia hipócrita
superficial
no maduró
progresó consentida
berrinches dilatados
maltratando el aire
no maduró
adoleció
siendo la luz
de ojos bovinos
no maduró
vegetó
rodeada de piedras
después del cementerio
no maduró
bajo el ala
de quién imitó
profesión y superficialidad
no maduró
tarde descubrió el sexo
creyó tocar el cielo
apenas traspasó el fango
no maduró
víctima de infidelidad
como la matriz
en noches buenas
no maduró
antes, durante
después del amor
de los hijos
no maduró
vegeta
farsante
madre teatral
deshonesta
sin amor para dar





domingo, octubre 30, 2011

seco III


aserró
el tiempo
la memoria
sus ojos
los de ella
la muerte
su corazón
acaso ignorante




viernes, octubre 28, 2011

mojado


del grito desgarrador
desgarrador y fuerte surgió
surgió tu simiente
tu simiente que duele
que duele hasta el grito
el grito que es placer
placer que moja
que moja mientras me arrastro
me arrastro en blanca oscuridad
blanca oscuridad hasta la tumba
la tumba hasta mi muerte
mi muerte del grito desgarrador

seco II

ninfa emplumada
surca el cielo como caricia
sobre el viejo campo curtido
que cubre mis lágrimas
como ave tenue
deja un beso
seco
en el alma