Mis padres no tuvieron más remedio que cambiarme de liceo. Estaban enojados. Tenían razón. Romper una botella de vidrio en la cara de alguien, a la vista de todo el mundo, había sido un error. No me quejé, ni pedí clemencia. Eran mis mayores y yo los respetaba.
Terminé el año con profesores particulares y salvé todos los exámenes. Mi padre, la noche del último, mientras cenábamos, sin mirarme, me comunicó que había decidido anotarme en un liceo religioso. -Tal vez- agregó- la espiritualidad corrija tu actitud-. –Si señor- contesté, mirando el plato, como él me había enseñado.
Pasaron las vacaciones y comenzaron las clases. Mi liceo era de monjas, mixto desde el año anterior, pero con pocos varones por grupo. Allí pasaría más horas al día, pues, a la enseñanza curricular se sumaban las actividades religiosas, obligatorias. Tenía, eso sí, un gran patio central con una zona de juegos (toboganes, columpios, etc.) y canchas de fútbol, básquet y volley.
El primer día me dediqué a estudiar a mis compañeros. Los tres varones no me interesaban. Las casi veinte chicas eran muy lindas, de cuerpos bien alimentados y acostumbrados al ejercicio. Elegí la menos llamativa, pero, a su vez, era la más desarrollada. Fuertes pantorrillas y muslos, caderas anchas, vientre liso y senos generosos. Si bien tenía granos en la cara, sus labios eran pulposos y enmarcaban una boca cálida, con una lengua inquieta que los recorría una y otra vez, en un reflejo exquisito.
Pocos días después, me ofrecí para columpiarla y accedió. Al principio mis manos se apoyaban en la madera, pero, a medida que aumentaba el vaivén, toqué sus caderas. Ella reía cada vez más fuerte. Cuando superó la altura de mis brazos, dejé de empujarla y me paré al frente. En el descenso, su falda se levantaba y dejaba ver la totalidad de sus piernas, que abría, al tiempo que descendía. No usaba ropa interior y creí ver una sonrisa pícara cuando comprobó donde se posaban mis ojos. Me adelanté unos pasos, y ella, sorprendida, rodeó mis caderas con sus piernas. La tomé de la cintura y la besé en la boca. Respondió con ganas, con hambre, hasta que sintió mi respuesta en su entrepierna. Sin mediar palabra me mordió la lengua. La solté y me separé con un sabor metálico en la boca. Río con fuerza, señalando mi bragueta, manchada de nuestra humedad. Me fui sin decir palabra y sin mirarla.
Pasaron varios días, hasta que se apagaron las burlas y los comentarios, y todo volvió a la normalidad.
Una mañana, recién levantado, noté una incipiente barba en mi cara. Tomé del botiquín del baño de mi padre la máquina de afeitar, sus hojillas de doble filo, la brocha y el pote de crema. Descendí a desayunar recién afeitado con algunos cortes aún sangrantes. Papá sonrió con orgullo, ante los reclamos protectores de mi madre. Terminada la colación subí a lavarme la cara. Abrí la canilla del agua caliente. En eso, sentí la voz de mi padre: -así no, con agua fría- prosiguió. –Y después esto- dijo, mientras me alcanzaba un frasco con un líquido verde. Lo destapó, mojó sus manos y las pasó por mi cara y cuello. Ardía, pero me gustó. Él sonrió. –Te estás haciendo hombre-.
Esa noche, cuando me iba a acostar, un paquete me esperaba en la almohada. Lo abrí. Máquina de afeitar, brocha, crema y dos cajitas de hojillas. “Para el nuevo hombre” decía una nota en su interior. No dormí en toda la noche…
Al día siguiente me fui temprano, sin desayunar. Fui el primero en llegar al colegio. Cuando la vi, busqué sus ojos. Primero me miró extrañada, pero mi sonrisa despejó sus dudas. Sonrió también, segura de sí misma.
Intercambiamos miradas toda la mañana, guiños, y, finalmente, besos a la distancia, poco antes del recreo largo, el del mediodía. Fui el primero en salir al patio. Raudo, me dirigí al tobogán. Salió con otras chicas rato después. Cuando me vio, me señaló y caminó hacia mí, arengando a las demás para que la siguieran.
Yo, parado frente al tobogán, sonreía amable. Trepó la escalera con agilidad. Se sentó de tal manera que yo viera que no llevaba ropa interior. Sonreí cómplice, y respondió con un mohín delicioso. Antes de dejarse caer, pasó su lengua lentamente por los labios, al tiempo que abría aún más sus piernas, regalándome una vista excelente. Bajé la mirada, como avergonzado, lo que provocó su risa triunfal y los gritos de sus amigas. Me arrodillé al final de la bajada, ella separó bien las piernas. Repetí su movimiento con mis brazos, lo que hizo que sonriera ampliamente, segura de sí misma. Entonces, apoyé la pelvis en el borde de las maderas. Sus amigas aullaron, provocativas. Soltó el pasamano y se dejó caer con un último envión.
Mi sonrisa fue en aumento hasta hacerse completa ante sus alaridos, esta vez espantosos, desgarradores. Sus manos luchaban por sostenerla, tratando de evitar la caída flagelante. Todas la miraban sin comprender.
Cuando sentí la cálida y pegajosa humedad llegando en oleadas a mi pelvis, sonreí, más comprensivo que nunca…